ETA no ponía bombas en móviles y llaveros, ni la policía acude a un
cajero si el usuario marca su número secreto al revés. Tampoco cobran
las compañías telefónicas por las llamadas perdidas; y el yogur bebible
no genera problemas de salud al tomarlo más de 14 días seguidos. La
lista de bulos y leyendas urbanas que circulan por las redes sociales y
los grupos de WhatsApp es interminable. Estos infundios se ha
multiplicado en los últimos años debido al auge de las aplicaciones para
los teléfonos móviles. Son historias inquietantes y curiosas que nos
mantienen en vilo durante unos segundos, el tiempo que empleamos para
leer el mensaje.
¿Pero quién difunde estas mentiras y por qué? Algunos de los mensajes
no tienen otro objetivo que dañar a una empresa determinada, a veces
por competencia comercial, y otros dan proporciones excesivas a lo que
se dice o a un suceso sin someterse a la realidad ni a la verdad. Así,
la mayoría de los bulos generan alarma de una forma intencionada, y
cuanto más llame la atención, más veces será reenviado.
La difusión de una noticia falsa o curiosa a través del correo
electrónico permite seguir el rastro de miles de direcciones personales
para luego capturarlas con el fin de comerciar con ellas o utilizarlas
en fraudes cibernéticos. De esta forma, los miles de correos que reciben
el bulo sobre las falsas bombas de ETA, las llamadas perdidas o el
yogur bebible, pasan a formar parte de una base de datos, una lista con
información muy apetecible para el marketing digital. El uso del
‘e-mail’ para la publicidad presenta varias ventajas: mínimo coste,
personalización, almacenamiento, rapidez y medición de resultados. Por
ello, esta forma de comunicación tiene cada vez más novias.
¿Pero cómo se distingue una información veraz entre las patrañas que
circulan por la red? Los bulos suelen ser anónimos, están redactados de
forma atemporal y normalmente contienen una petición de reenvío. Al
carecer de fecha, la mentira puede pervivir más tiempo en la red o
incluso resurgir años después. Tampoco citan fuentes para que resulte
más difícil contrastar la historia inquietante.
Un bulo difundido en internet con los membretes del Ministerio del Interior y la Dirección General de Tráfico.
Pese a los continuos desmentidos por parte de las fuerzas de
seguridad del Estado, algunas leyendas urbanas siguen causando
desconfianza e incluso alarm a social. Prueba de ello es que aún hay
conductores que dudan sobre cómo actuar cuando se cruzan en la carretera
con un coche que circula con las luces apagadas. «Ojo con hacer ráfagas
a estos vehículos», advierte un bulo, porque se trata de «un juego de
iniciación de una pandilla denominada Sangre». Deslumbrar al conductor
que circula con las luces apagadas es supuestamente una señal para el
individuo que aspira a ingresar en la banda criminal. Y entonces, el
candidato a asesino tiene que perseguir al coche hasta sacarlo de la
carretera y matar a sus ocupantes. Todo mentira. Semejante falacia,
según fuentes policiales, surgió en 2005 en Sudamérica tras el reenvío
masivo de un correo electrónico que firmaba Interpol Guatemala. El ente
policial advertía de la existencia de la pandilla latina y de su
terrorífico método de iniciación. Otro suceso ficticio. Pero la leyenda
cruzó el charco y, nueve años después, sigue generando en España toda
clase de comentarios en foros, blogs, redes sociales, grupos de
WhatsApp, tertulias de bar y reuniones de amigos.
En caso de ser identificados, los autores de algunos bulos pueden ser
acusados de los delitos de amenazas y falsificación documental. Según
el actual Código Penal, “si las amenazas de un mal que constituye delito
fuesen dirigidas a atemorizar a los habitantes de una población”, el
autor se enfrenta a una pena de dos años de cárcel.
Fuente: LasProvincias.es